14 marzo 2013

10: City of Robots: En el metro, una tierra serena, una luna de cristal...


“the boundary of this underground world was that of the universe, and it was impossible to glimpse its limits” and “reality will always be inferior to [imitation]” (Umberto Eco, City of Robots, Travels in Hyper Reality 45-46).

Mi libro favorito de la niñez.

Cuando era niño yo esperaba que hubiera rescatado por mi familia actual y los falsos no me hieran. Entiendo la atracción del sonar, que no estaríamos limitados a las leyes de realidad. También sé la incapacidad para distinguir entre el sueño y la realidad debido a mi dolencia.  

Admito que a veces quería pasar el día en una realidad más fácil donde yo tengo una historia y familia diferente. Porque veía que mi tío fue consumido por la misma enfermedad y murió prematuramente, yo lucho para vivir con lucidez y no permitir esta dolencia mortal corroer mi alma. Me preocupan las personas que dan la sobriedad emocional por descontado sin darse cuenta el riesgo de ser arrastrado en el vientre de la bestia. Umberto Eco reconozca las amenazas en forma de "pueblos fantasmas" sintéticos como Disneyland.

Él hace "el bajo tierra" parecer romántico pero es una eternidad de no vivir.


Los medios de entretenimiento nos inducen con la teatralidad de ensueño y “faked nature [that] corresponds much more to our daydream demands" (44). Anhelamos estas drogas de la respuestas emocionales como los adictos hasta nuestro límite química excede nuestra billetera. Entregamos nuestra libertad a cambio de la esclavitud pasiva con los estímulos deliciosos. Los sobrevivientes de abuso y trata saben mejor que "volar alto en tarta de manzana" le ayudan a durar la horas sombrías. Muchas personas tarden en defenderse si estarían desequilibradas suficientes a favor de sus deseos.

Todos tenemos una droga preferida o “danza mágica”.  


El peligro de vivir en la ciudad de robots o sueños es que cuando escoge el mundo de ensueño sobre la realidad además deje de vivir en cambio a la existencia estancada. Estos purgatorios no nos ofrecen el dolor y la alegría auténtica pero la satisfacción sintética y temporal. Sacrificamos nuestras vidas a ser como el fugitivo que “no [está] muerto: [está] enamorado” con una fantasma de imposibilidad que no nos ama (Casares, La invención de Morel, 144). Nos convertimos en irreconocibles como la Señora de basura  en el Laberinto cuyo amor no correspondido le impide vivir. 

Una vida tragada por el sueño “mientras el mundo se cae.” 


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